Cuando la fe se convierte en armadura, deja de ser fe.
No porque se pierdan las palabras bonitas, sino porque cambia el centro de gravedad: ya no se trata de compasión, sino de pertenencia; ya no se trata de aliviar, sino de controlar; ya no se trata de mirar al vulnerable, sino de señalarlo.
Por eso esta imagen incomoda. Porque pone en paralelo dos impulsos humanos que conviven desde siempre:
“Di mi vida por los pobres.”
“Os defenderé de los pobres.”
Y el contraste no es solo religioso. Es moral, social y político. Es una pregunta sobre qué hacemos con el miedo cuando lo vestimos de virtud.
1) Del “prójimo” al “sospechoso”
Hay un momento, difícil de señalar con exactitud, en el que mucha gente empezó a confundir tres cosas distintas:
Irregular (estar fuera de una norma administrativa).
Peligroso (suponer una amenaza).
Criminal (haber cometido un delito).
Son categorías diferentes. Pero el discurso del miedo las mezcla porque le funciona. Convierte un trámite en una alarma, y una situación precaria en un enemigo. Y así se produce el milagro inverso: el pobre deja de ser “alguien que necesita” y pasa a ser “alguien del que protegerse”.
Ojo: que exista orden en la inmigración es razonable. Lo que ya no es “orden” es el salto automático de ilegal a delincuente. Ahí ya no hablamos de leyes: hablamos de etiquetas. Y las etiquetas, cuando se usan como arma, ahorran pensar.
2) El interés detrás del gesto
¿Con qué interés se hace esto? Con uno bastante viejo: organizar la sociedad por miedo, porque el miedo es un pegamento rápido.
Si consigues que la gente mire hacia abajo con desconfianza, dejará de mirar hacia arriba con exigencia. Si convences a una población de que “el peligro” está en el que llega sin papeles, esa población discutirá sobre puertas, vallas y castigos… y no sobre salarios, vivienda, corrupción, desigualdad o entendimientos de poder que sí afectan a millones.
Y además hay un detalle incómodo: los grandes desastres de la historia rara vez los firmaron “los de fuera”. Los firmaron los de dentro, con uniforme o con traje, con sello, con propaganda y con aplausos.
3) La fe como coartada
La religión —como cualquier símbolo potente— puede ser faro o puede ser coartada.
Puede ser una brújula hacia la dignidad del otro.
O puede ser un escudo para justificar el rechazo: “yo soy de los buenos”, “yo defiendo lo correcto”, “yo protejo a los míos”.
Y ahí aparece el “Jesús con capa”: no como burla de la fe, sino como crítica a la instrumentalización de la fe. A ese momento en que lo sagrado se usa para bendecir el miedo y convertir el control en virtud.
Porque el giro no es pequeño: pasar de “amar al prójimo” a “vigilar al prójimo” es cambiar el evangelio por un protocolo de seguridad.
4) El criterio práctico: ¿qué te inspira tu fe?
Al final, todo se reduce a una pregunta muy simple, casi infantil, pero decisiva:
¿Tu fe te hace más compasivo o más desconfiado?
¿Te empuja a proteger al vulnerable o a blindarte de él?
¿Te abre o te cierra?
No hace falta ponerse teológico. Basta con observar el resultado.
5) A juicio de cada uno
Esta imagen no pretende dar un sermón. Pretende dejar una grieta.
Porque quizá el dilema real de nuestro tiempo no es “si crees o no crees”, sino qué haces con tu creencia: si la usas para servir o para mandar; para abrazar o para señalar; para humanizar o para simplificar.
Y lo demás, como siempre, queda a juicio de cada uno.
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