El miedo es, quizá, el origen de casi todos los males de la humanidad.
No hablo del miedo instintivo. Ese miedo primario que nos hace apartar la mano del fuego, frenar ante un precipicio o reaccionar ante un peligro real. Ese miedo es biología, es supervivencia, es inteligencia ancestral.
Hablo de otro miedo. Del miedo psicológico. Del miedo aprendido. Del miedo cultivado. Ese miedo que no protege, sino que encoge. El miedo a lo diferente. El miedo al que piensa distinto. El miedo al que ama distinto. El miedo a no encajar. El miedo a no parecer suficientemente “fuerte”, suficientemente “masculino”, suficientemente “correcto” para el molde de turno.
Ese miedo que no nos salva… nos separa.
Porque cuando el miedo se instala en la mente, deja de ser una emoción y se convierte en un filtro. Y todo lo que pasa por ese filtro sale deformado: la realidad, las personas, las ideas. El otro ya no es un ser humano, es una amenaza. La diferencia ya no es riqueza, es peligro. El desacuerdo ya no es diálogo, es ataque.
Y entonces el miedo da el siguiente paso lógico: se transforma en odio.
El odio no aparece solo. Siempre llega después del miedo.
Nadie odia lo que no teme. Nadie persigue lo que no siente que puede desestabilizarle.
De hecho, el odio es casi un mecanismo de defensa emocional: "si te convierto en enemigo, ya no tengo que comprenderte".
Aquí es donde el miedo se vuelve extraordinariamente útil… para otros.
Porque hay quien ha entendido muy bien que un pueblo asustado es un pueblo manejable.
Si te prometen protección frente a una amenaza constante —real o inventada— aceptarás casi cualquier cosa. Si te dicen que el peligro está fuera, buscarás refugio dentro. Si te repiten que el mundo es hostil, pedirás un salvador.
Y así, el miedo se convierte en herramienta política, social y emocional. Una herramienta barata, eficaz y devastadora.
El problema es que ese miedo sostenido en el tiempo no solo polariza: enferma.
Ansiedad crónica. Rigidez mental. Pensamiento paranoide. Necesidad constante de enemigos. En los casos más extremos, miedo psicótico: ver amenazas donde no las hay, interpretar discrepancias como conspiraciones, vivir permanentemente en guerra.
Y lo más irónico de todo es que creemos que el miedo nos hace fuertes… cuando en realidad nos hace frágiles.
Una sociedad valiente no es la que grita más fuerte ni la que señala más culpables. Es la que se atreve a convivir con la diferencia sin sentirse atacada. La que entiende que escuchar no es rendirse. La que no necesita aplastar al otro para sentirse segura.
Quizá el verdadero acto revolucionario hoy no sea tener razón, sino no tener miedo. No miedo a pensar. No miedo a dudar. No miedo a convivir.
Porque mientras sigamos dejando que el miedo decida por nosotros, otros decidirán en nuestro nombre. Y eso, históricamente, nunca ha terminado bien.
Nadie persigue lo que no siente que puede desestabilizarle. De hecho, el odio es casi un mecanismo de defensa emocional: "si te convierto en enemigo, ya no tengo que comprenderte".
Aquí es donde el miedo se vuelve extraordinariamente útil… para otros. Porque hay quien ha entendido muy bien que un pueblo asustado es un pueblo manejable.
Si te prometen protección frente a una amenaza constante —real o inventada— aceptarás casi cualquier cosa. Si te dicen que el peligro está fuera, buscarás refugio dentro. Si te repiten que el mundo es hostil, pedirás un salvador.
Y así, el miedo se convierte en herramienta política, social y emocional. Una herramienta barata, eficaz y devastadora.
El problema es que ese miedo sostenido en el tiempo no solo polariza: enferma. Ansiedad crónica. Rigidez mental. Pensamiento paranoide. Necesidad constante de enemigos. En los casos más extremos, miedo psicótico: ver amenazas donde no las hay, interpretar discrepancias como conspiraciones, vivir permanentemente en guerra.
Y lo más irónico de todo es que creemos que el miedo nos hace fuertes… cuando en realidad nos hace frágiles.
Una sociedad valiente no es la que grita más fuerte ni la que señala más culpables. Es la que se atreve a convivir con la diferencia sin sentirse atacada. La que entiende que escuchar no es rendirse. La que no necesita aplastar al otro para sentirse segura.
Quizá el verdadero acto revolucionario hoy no sea tener razón, sino no tener miedo. No miedo a pensar. No miedo a dudar. No miedo a convivir. Porque mientras sigamos dejando que el miedo decida por nosotros, otros decidirán en nuestro nombre. Y eso, históricamente, nunca ha terminado bien.
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