La paradoja de Baenacock, también llamada paradoja del tuerto, es una reflexión filosófica sobre la hipocresía colonial, la inmigración, la xenofobia y el doble rasero moral. Plantea una contradicción histórica: ¿cómo pueden sociedades que justificaron la conquista y ocupación de territorios ajenos rechazar hoy que personas procedentes de esos lugares crucen sus fronteras buscando una vida mejor?
LA PARADOJA DE BAENACOCK
(O la paradoja del tuerto)
Una reflexión sobre las contradicciones morales del ser humano.
¿No resulta paradójico que durante siglos hayamos considerado legítimo atravesar las fronteras de otros pueblos para conquistarlos, colonizarlos, explotar sus riquezas, imponer nuestras costumbres e incluso esclavizar a sus habitantes, pero que ahora consideremos inaceptable que personas procedentes de esos territorios atraviesen nuestras fronteras buscando una vida mejor?
A esta contradicción la he querido llamar «La paradoja de Baenacock», o, de una manera más gráfica, «La paradoja del tuerto».
EL PRINCIPIO DEL OJO ÚNICO
El tuerto representa metafóricamente a quien observa los derechos desde una sola perspectiva: reconoce como legítimo aquello que hace él mismo, pero condena una conducta comparable cuando la realizan los demás.
No hablamos de una incapacidad física para ver, sino de una incapacidad moral para aplicar los mismos principios a uno mismo y a los demás.
LA FORMULACIÓN DE LA PARADOJA
«Yo puedo cruzar tus fronteras, ocupar tu territorio, explotar tus riquezas, imponer mis costumbres y transformar tu sociedad. Pero tú no puedes cruzar las mías para buscar una vida mejor».
LA CONTRADICCIÓN FUNDAMENTAL
Si durante siglos se justificó atravesar fronteras ajenas por intereses económicos, territoriales, religiosos o políticos, ¿por qué hoy se considera ilegítimo que otros las atraviesen por necesidades económicas, familiares o de supervivencia?
Naturalmente, conquistar un territorio e inmigrar no son acciones equivalentes. Precisamente ahí reside parte de la contradicción: se han llegado a justificar históricamente acciones de dominación mucho más graves, mientras se condena el simple hecho de que otras personas busquen oportunidades fuera de su país.
Y aquí surge una pregunta que considero fundamental:
¿Defendemos principios que consideramos justos para todos o solamente derechos que queremos reservarnos a nosotros mismos?
Y quizá lo más curioso de esta paradoja sea otra contradicción histórica: algunas de las potencias que extendieron sus dominios por el mundo impusieron políticas de segregación, desplazaron a poblaciones indígenas o participaron en conflictos cuyas consecuencias siguen provocando movimientos migratorios. Y son también sociedades en las que hoy encontramos discursos profundamente xenófobos.
Resulta paradójico que quienes en el pasado atravesaron océanos para ocupar tierras ajenas puedan considerar ahora una amenaza que otros atraviesen esos mismos océanos buscando una vida mejor.
¿O es que, en el fondo, tenemos miedo de que algún día nos hagan lo mismo que nosotros les hicimos?
LA CONTRADICCIÓN RELIGIOSA
Y para completar la paradoja, resulta especialmente llamativo que algunos de quienes defienden esos discursos de rechazo y exclusión se presenten, al mismo tiempo, como cristianos ejemplares y defensores de los valores de una civilización cristiana.
Porque, si algo caracteriza al mensaje de Jesús, es precisamente la compasión hacia el prójimo, la acogida al extranjero y la ayuda al necesitado.
Y entonces surge una última pregunta:
¿Cómo se puede enarbolar la bandera del cristianismo mientras se rechazan algunos de los principios fundamentales que predicó Cristo?
Quizá la paradoja del tuerto no consista únicamente en mirar la historia con un solo ojo, sino también en leer la propia moral con uno solo.
EPÍLOGO
Con esta reflexión no pretendo decir que no deban existir controles, filtros o normas que regulen la inmigración. Como en cualquier ámbito de la sociedad, debe existir un orden para que las cosas funcionen correctamente.
Mi observación no es una propuesta política, sino una reflexión crítica y filosófica sobre una de las grandes contradicciones del ser humano: nuestra facilidad para justificar aquello que hacemos nosotros mismos y condenarlo cuando lo hacen los demás.
La paradoja de Baenacock, o paradoja del tuerto, no cuestiona la necesidad de establecer normas, sino la hipocresía de aplicar distintos principios morales según quién cruce la frontera y en qué dirección lo haga.
Porque una cosa es defender el orden y otra muy distinta utilizarlo para justificar un doble rasero moral.
«El tuerto no es quien carece de un ojo, sino quien decide mirar la historia con uno solo».
J. S. Baenacock
2026
