Solo el Amor Salva.. .
by JSBaenacock
I. El Amor Prohibido y la Cacería
Hace siglos, en una tierra de palmeras, sal y cadenas, nació un amor que no estaba “permitido” por el mundo que lo rodeaba.
Ella era blanca, hija del dueño de la plantación: criada entre lino, balcones y silencios impuestos. Él era negro, de piel dorada como el sol cuando cae sobre la caña cortada; fuerte, sereno, y con una mirada que no pedía permiso para existir.
Se enamoraron en un lugar donde el amor era un lujo… y la libertad, un delito.
Cuando el dueño descubrió la verdad, decidió cortar el problema de raíz: a él lo venderían lejos, como se vende un animal, como se vende una herramienta. La noche antes de la transacción, ella rompió por primera vez la obediencia que le habían inculcado: lo buscó, lo soltó, y huyeron hacia el mar.
Pero el sistema siempre corre más rápido que los sueños: los encontraron. Hubo gritos, perros, antorchas. Y en el borde de la arena, con el océano como única puerta, entendieron que el mundo no les iba a dejar salir vivos.
II. La Hechicera y la Maldición del Firmamento
En ese instante apareció una mujer india, una hechicera vieja como la tierra. No venía a negociar con los hombres: venía a hablarle al destino.
Miró a la joven blanca y al hombre de piel dorada, los vio temblar —no de miedo, sino de rabia contenida— y comprendió la verdad: no estaban huyendo por capricho, estaban huyendo para seguir siendo humanos.
La hechicera alzó las manos y dijo algo en una lengua que no se escribe. No fue un “castigo”. Fue una salida brutal.
Y entonces ocurrió:
-
Él fue convertido en Sol: ardiente, invencible, imposible de encadenar.
-
Ella fue convertida en Luna: serena, luminosa, eterna.
Los perseguidores se quedaron sin nada que agarrar. Los amantes ya no estaban en la arena: estaban arriba, fuera del alcance del látigo y del comercio.
Pero la salvación tuvo un precio: quedaron separados por la ley del cielo, condenados a perseguirse sin tocarse, a cruzarse solo como promesa. Cuando uno despierta, el otro se esconde. Cuando uno brilla, el otro espera.
Antes de desaparecer, la hechicera selló el resto de su magia en un tambor sagrado de ébano, para que la historia no se perdiera y para que el cielo tuviera una llave.
Con el tiempo, su espíritu quedó ligado al instrumento: no como monstruo… sino como guardiana. Y la leyenda se susurró generación tras generación:
“Llegará el día en que el Sol y la Luna se besen en sombra,
y el tambor hablará.”
III. La Niña y el Eclipse
Mucho después, una niña escuchó la historia en la voz de su abuela. No como cuento: como herida.
Cierta mañana, caminando junto al mar, encontró el tambor semienterrado cerca de las rocas, como si el océano lo hubiera devuelto a propósito. Lo tocó… y sintió algo: no era madera, era latido.
La noche del eclipse total llegó como llegan las cosas inevitables. El cielo se volvió morado, el aire se puso extraño, y el Sol por fin alcanzó a la Luna en un beso de sombra.
La niña se sentó en la arena y empezó a tocar.
Con cada golpe, el tambor soltó un humo azul brillante. No era ataque. Era memoria. Era un candado abriéndose.
El sonido rompió la frecuencia del hechizo, como si el cuero fuera una llave exacta para la cerradura del tiempo. Y durante ese instante imposible —cuando la oscuridad fue total— el mundo se quedó quieto.
Allí, sobre el océano, el Sol y la Luna se abrazaron. No con brazos humanos, sino con una energía antigua, intensa, como si por fin el cielo pudiera llorar lo que la tierra había prohibido.
IV. El Renacimiento (La Doble Bendición)
El reencuentro fue tan fuerte que no se quedó en el firmamento.
La profecía decía que el final del hechizo traería sangre nueva al mundo. Y así fue.
Mientras la niña tocaba bajo el anillo de fuego, en aldeas cercanas, dos mujeres sintieron el llamado de la vida. Dos embarazos ocurrieron en el mismo instante, como si el universo estuviera corrigiendo una injusticia antigua:
-
Una daría a luz a un niño.
-
La otra, a una niña.
Ellos serían la reencarnación de aquellos amantes que el mundo intentó separar. Solo que esta vez no serían astros condenados: serían seres de carne, libres de caminar, de encontrarse… y de amarse bajo el sol y bajo la luna.
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