Escribí esta frase a las tres de la mañana y tuve que parar.
No porque estuviera cansado.
Sino porque me di cuenta de que acababa de describir el mundo en que vivimos.
En mi novela La Memoria de la Luz, la humanidad ha desaparecido. Los supervivientes viven en otra estrella. Han construido algo nuevo, hermoso, pensado con cuidado.
Y aun así, el mal llega.
No con ejércitos. No con mentiras evidentes.
Llega con algo mucho más sofisticado.
Una de mis personajes lee en voz alta un fragmento que dejó EVA, la inteligencia artificial que guardo la memoria de la especie, antes de apagarse:
«El mal no necesita convencer de que es el bien.
Le basta con convencer de que el bien es ingenuo.»
Cuando eso funciona en el lenguaje, algo se rompe.
La empatía empieza a sonar a debilidad.
La memoria empieza a sonar a excusa.
El cuidado empieza a sonar a ingenuidad.
Y entonces el bien tiene que hacer algo que nunca debería ser necesario:
empezar por defenderse de su propio nombre.
Lo escribí ambientado en Próxima Centauri, en el año que sea, en un planeta que no existe.
Pero lo estoy viendo pasar aquí. Ahora. En este mundo.
Esa distancia es exactamente lo que necesitaba para poder decirlo con claridad.
Este proyecto lo estoy construyendo despacio, con honestidad, aprendiendo a escribir mientras escribo.
Y hay una persona que ha estado en la sombra desde el principio —
sin pedir protagonismo, sin necesitar reconocimiento —
empujando a este aprendiz de escritor cuando la página estaba en blanco
y la duda era más grande que las palabras.
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